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Se cumple el primer aniversario de la marea negra originada por el vertido de la plataforma Deepwater Horizon en el golfo de México. El accidente causó la muerte de trabajadores de la plataforma y devastó la vida marina. Miles de aves muertas, tortugas varadas, criaderos de ostras muertas, la misteriosa desaparición de delfines y el desplome de las capturas de cangrejo son sólo algunos de los efectos más visibles.

Un año después de la catástrofe, más de un millón de barriles de petróleo, de unos cinco millones que se derramaron en abril de 2010, siguen en paradero desconocido. ¿Dónde está este petróleo? Nadie sabe, pero la evidencia del derrame del Exxon Valdez en Alaska demuestra que puede que nunca desaparezca del ecosistema. 20 años después del derrame, las bolas de alquitrán todavía se pueden encontrar en la costa.

Los científicos no están seguros de los efectos del vertido. Tampoco saben los efectos de los millones de litros de dispersantes químicos liberados en el mar durante los trabajos de limpieza. Se necesita mucho más de un año para determinar los impactos del vertido en la cadena alimentaria y en ecosistemas como marismas y humedales.

Pérdida de vidas y medios de vida, un daño irreparable a la fauna marina y sus hábitats, y unas consecuencias imprevisibles... ¿puede nuestra sociedad permitirse la exploración arriesgada y peligrosa de petróleo? Muy probablemente, no. Pero los ambiciosos planes para realizar perforaciones en busca de más petróleo, incluyendo las nuevas propuestas en el Mediterráneo, persisten. Para evitar que futuras catástrofes ocurran, Oceana exige una regulación más estricta para la extracción de recursos, y trabaja para mantener unos ecosistemas marinos más saludables mediante el fomento de la creación de áreas marinas protegidas.

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