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Dejamos Chipiona temprano, para emprender la vuelta al Mediterráneo, una vez finalizados los trabajos en el Golfo de Cádiz. El viaje es largo, así que la gente está relajada trabajando con el ordenador, descansando o, como siempre en travesía, atentos en cubierta para no perder la oportunidad de observar cetáceos. Cuando cruzamos el Estrecho camino a Cádiz, unos días atrás, la mar estaba tan rizada que no permitió grandes avistamientos. Esta vez la cosa ha sido diferente.

Casi saliendo del Estrecho, ya pasando por la Bahía de Algeciras entre impresionantes cargueros, numerosos pesqueros (algunos de camino a Tarifa), yates de recreo e incluso el precioso buque escuela Américo Vespuccio, enorme y de madera, avistamos frente a nosotros el resoplido de la que prometía ser una ballena bastante grande. Rápidamente cámaras y prismáticos están preparados y, efectivamente, el espectáculo está servido, mucho más impresionante de lo que esperábamos. Un rorcual común de 18 o 20m rompe la superficie a apenas unas decenas de metros de nosotros. Su rumbo es opuesto al nuestro, y su velocidad altísima, con lo que nos damos cuenta de que virar para tratar de alcanzarlo no merece la pena, pero la vemos hasta cuatro veces rompiendo la superficie, sacando casi la totalidad de su tremendo cuerpo fuera del agua.

Estos magníficos animales, los segundos cetáceos más grandes del mundo tras la ballena azul, no son raros de ver en el Mediterráneo, especialmente en las costas de Francia e Italia durante los meses de verano, donde se concentran hasta más de 3.000 individuos para comer. Pero este comportamiento, dando enormes saltos, pocas veces se tiene la oportunidad de contemplar, con lo que para la mayoría de nosotros ha sido la primera vez y algo de lo más impresionante que hemos visto en nuestra vida.

A continuación:

Los fondos frente a Doñana

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