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Blog Posts by: Aaron Sáenz

Día de puerto: amanecemos en Holanda, rodeados de molinos y a 4 metros bajo el suelo, pero esta vez no hay historias de amor rocambolescas y de antemano predecibles, tan solo es la marea. Después de una incursión nocturna por las calles de Groningen, cada criatura ha vuelto a su nido, madriguera, refugio o camastro y no tenemos que contar ninguna deserción.

Es curioso cómo reaccionan al vernos llegar; levantan la cabeza, se escrutan entre ellas, y cuando la primera da el paso de huida, las otras la siguen a tropel. Ganados unos metros de distancia (de falsa prudencia y de escasa  utilidad), se detienen para satisfacer su curiosidad. Nos observan, se observan, e intercambian inquietudes en un lenguaje extraño, para acabar dando media vuelta y despedirse con un frío picado tras un escueto saludo. El único rastro a su paso, unas  ligeras ondas en el agua, o unas pisadas olvidadas en la playa.

RINGGG… 7:00h,  almuerzo en el messroom, dos tazas de café (sagradas), una rodaja de tomate, una loncha de queso, tres de pepino, dos tostadas, un huevo duro y una rodaja de melón.  Alguna charla de política, alguna apuesta para el día y a cubierta todos.

Motores, generador  y auxiliar, dos arriba, tres abajo y el canto de un grillo de fondo. Ha costado pero al final me he ganado su confianza, después de intentar atraparlo para meterlo en el contenedor… ha acabado viniendo a mis pies.

Tras un infortunio con el generador del Sea Patrón, decidimos salir de puerto en busca de varias cosas que necesitamos para la semana de trabajo frente a la costa libanesa. Una lista de deseos recopilada por todo el personal de expedición: unos piden cables, baterías, otros medicamentos, guantes, llaves, infusiones para combatir la comida de a bordo…

Aún se aprecia la humedad de la noche absorbida por los acantilados de Dwejra; verdes, imponentes, precipitándose en un mar en calma; se presentan como un regalo a la vista después de tanta tierra castigada por el sol de verano. Nos olvidamos del Ranger, y saltamos al agua con una moneda bajo la lengua como pago para el barquero que nos ha de abrir la puerta al inframundo; una ruta inesperada e increíble por una grieta sin fin, de techo en bóveda y paredes desplomadas que reposan en un lejano fondo de fina arena blanca.