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© OCEANA/ Carlos Minguell

Día de puerto: amanecemos en Holanda, rodeados de molinos y a 4 metros bajo el suelo, pero esta vez no hay historias de amor rocambolescas y de antemano predecibles, tan solo es la marea. Después de una incursión nocturna por las calles de Groningen, cada criatura ha vuelto a su nido, madriguera, refugio o camastro y no tenemos que contar ninguna deserción. Estando tan a gusto, tan bien acompañados y tan satisfechos profesionalmente, loco sería aquel o aquella que quisiera huir de esta aventura de dos meses por lo desconocido, y es que no hay blog, vídeo o fotografía que sustituya el descubrir las cosas por uno mismo. Debería verlo todo el mundo, para entender plenamente qué es lo que nos jugamos y a la vez, por propia condición, deberíamos alejarnos para protegerlo.

No estamos hechos para observar la flor sin meter la mano, y ese, a mi parecer, es siempre el primer paso que damos. Allí donde ponemos el pie, metemos la mano. Así que a cuatro metros bajo el suelo es donde nos encontramos, y en cada esfuerzo por salir, un poco más nos vamos enterrando. Yo aprendí mi oficio al lado de una lonja, en un pequeño pueblo de pescadores. Los respeto y los entiendo, pero cada vez estoy más lejos de ver el mar con sus propios ojos. Hay mucha gente vinculada al mar, y no son estos últimos a los que más temo...así que mi reflexión es que proteger los Océanos es una lucha continua. ¿Contra quién? En definitiva, contra nosotros mismos.

 

 

A continuación:

Y… ¿si volvemos al mar?

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