Hace tres años desde que Oceana abrió oficina en Copenhague para trabajar en exclusiva en recuperar el mar Báltico, uno de los más contaminados y amenazados del mundo.

Esta es la trampa: sobre el papel, el Báltico está a kilómetros de distancia de la mayor parte de Europa en declaración de áreas marinas protegidas (AMP). Sobre el papel está protegido el 12% del Báltico, lo que significa que la región ha alcanzado y sobrepasado sobre el papel el objetivo fijado por la ONU de proteger el 10% de los océanos en 2020.  

Las fascinantes especies que viven en las profundidades marinas, a cientos de metros bajo la superficie, son algunas de las menos indicadas del mundo para soportar la pesca comercial. Su fisiología se ha adaptado a vivir en un entorno frío y oscuro, con recursos dispersos y poco abundantes. Como resultado, los procesos biológicos de muchas especies de profundidad transcurren a una escala temporal mucho más lenta que los de aguas someras: crecen despacio, se reproducen a edad tardía y pueden vivir muchos años.

El océano tiene un papel fundamental a la hora de controlar el efecto invernadero y regular la temperatura de la Tierra, que mantiene la vida tal y como la conocemos. Esto es posible gracias a su gran capacidad para absorber dióxido de carbono (CO2) del aire, actuando así como un sumidero de carbono. Sin embargo, debido al rápido aumento de nuestras emisiones de gases invernadero, el nivel de carbono está ascendiendo en el agua, lo cual reduce el nivel de pH. Este fenómeno es conocido como “acidificación oceánica”.

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