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La semana pasada, Alexandra Cousteau, asesora de Oceana y nieta del afamado oceanógrafo Jacques Cousteau, habló en distintos foros en España para explicar cómo podemos salvar los océanos y alimentar al mundo. Es un mensaje que debemos compartir con cualquiera que desee escuchar (y muchos que aún se niegan a ello).

Hay 7.000 millones de personas en el planeta y la ONU estima que la cifra alcanzará los 9.000 millones en 2050.

Hace tres años desde que Oceana abrió oficina en Copenhague para trabajar en exclusiva en recuperar el mar Báltico, uno de los más contaminados y amenazados del mundo.

Esta es la trampa: sobre el papel, el Báltico está a kilómetros de distancia de la mayor parte de Europa en declaración de áreas marinas protegidas (AMP). Sobre el papel está protegido el 12% del Báltico, lo que significa que la región ha alcanzado y sobrepasado sobre el papel el objetivo fijado por la ONU de proteger el 10% de los océanos en 2020.  

Las fascinantes especies que viven en las profundidades marinas, a cientos de metros bajo la superficie, son algunas de las menos indicadas del mundo para soportar la pesca comercial. Su fisiología se ha adaptado a vivir en un entorno frío y oscuro, con recursos dispersos y poco abundantes. Como resultado, los procesos biológicos de muchas especies de profundidad transcurren a una escala temporal mucho más lenta que los de aguas someras: crecen despacio, se reproducen a edad tardía y pueden vivir muchos años.

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